Después de pasar mi segundo verano en Madrid, cuándo pasé 2+ meses entre Madrid y Hoyo de Manzanares en la Sierra baja, volví a Nueva York y – como es habitual e imprescindible en las afueras de Nueva York – cogí el coche para ir a una fiesta en casa de un compañero de clase (era una de estas fiestas “clandestinas” que sólo podíamos realizar cuándo los padres de alguien no estaban en casa).
Casi siempre era yo la conductora entre mi grupo de amigos, y raramente me metía en problemas por cosas relacionadas con el coche (vale, una vez me pararon por no sé qué motivo pero era sólo una vez… bueno, quizás dos pero eso es otro tema…). Todavía más raro, salvo esas excepciones, sería tener problemas por aparcar mal en mi pueblo natal porque estamos hablando de un “pueblo” (no tan pueblo como Hoyo… pero vamos no estabamos en la ciudad)… es uno de estos pueblos que se ve en las películas donde hay chalets por todas partes y la vida es muy tranquila pero eso sí, todo el mundo tiene un coche porque sin coche no eres nadie porque no se puede caminar a ninguna parte. En la ciudad de Nueva York, aparcar es otro mundo en sí, pero en general, aparcar en mi pueblo no había que tener mayor complicación.
No obstante, aquella noche cuándo nos marchamos de la fiesta (sí… era porque la policía se presentó allí y nos mandaron a casa.. pero de nuevo, eso es otro tema…), me paró el agente de policia incluso antes de subir al coche.
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